Polítics estafadors

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El títol no és el que sembla. O sí. Un dia el Carles estava llegint un llibre sobre màgia (no pregunteu) i es va trobar de morros amb una menció molt de passada a un famós estafador als vaixells de vapor del Mississipi de finals de mitjans del segle XIX que va acabar convertint-se en gobernador. Va decidir estibar del fil i, amb sorpresa, va descobrir que Pinckney Benton Stewart (així es deia la criatura) era un personatge una mica peculiar: bastard i orfe, timador, duelista, seductor, capità de l’exèrcit, editor de diaris… i polític. I no un polític qualsevol: fins a l’arribada d’Obama, el polític negre més important dels Estats Units. La de Pinchback és una història que podria semblar anecdòtica, menor, però probablement explica més coses de la política nordamericana de les que podria semblar a primera vista. O almenys aixo van pensar els editors de la revista Beerderberg quan van decidir publicar-la.

Porque Pinchback tuvo que pelear contra dos lastres que arrastró desde casi el mismo momento en el que llegó al mundo: su herencia racial y su inexistente herencia material. Ser negro y ser pobre le complica mucho a uno la vida, en la América de ayer y en casi cualquier sitio todavía hoy. Y le complica todavía más acceder a la política, primero, y al poder, después, excluyendo de manera intencionada a amplias capas de la sociedad, incapacitadas para representarse a sí mismas. El mismo Pinchback justificaba seguir en activo en 1896 porque “una clase sin voto no tiene ningún derecho y nadie está obligado a respetarlos”, y seguiría en la brecha como lobista en Washington hasta su muerte, en 1915.

Aquel timador que surcaba el Mississippi podría haber dedicado su dinero a cualquier cosa. Podría, como hizo su mentor Devol, haber despilfarrado cincuenta millones de dólares y morir sin un centavo. Pero, por suerte para los suyos y para todos, lo dedicó en buena parte a la política. Sufrir el rechazo en sus propias carnes (en el ejército, en la sociedad y, en última instancia en la política, desde donde pretendía combatirlo) le empujó a redoblar sus esfuerzos para extender los derechos civiles y empoderar a la comunidad negra.

Sí, hubo un tiempo el que se estafaba para entrar en política, y no a la inversa. Pero tanto si hay que timar a los incautos ciudadanos para poder permitirse el lujo de ser político como si se es político para poderles robar a manos llenas y con disimulo después, tenemos un problema. O varios. Porque ambos casos nos dicen mucho más de lo que creemos sobre quién y cómo se accede al ejercicio de la política.

Podeu llegir l’article sencer aquí.

Fotografia: THEROOT.COM

 

Olesa de Montserrat, 1979. Politòleg treballant per l’enemic. Molt més fan de politics que de policies*, hi veig tàctiques allà on ens volen fer veure estratègies. Em costa més canviar de tema que d’opinió però, per educació, el primer passa més sovint. Sóc un oxímoron: escolto punk i em poso Nenuco. *Llegir-ho en anglès, en català no sóc fan de cap dels dos. @hooligags

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